Lo único que quería era tratar de entender lo que el médico me estaba diciendo, pero todo en la habitación se empezó a llenar de un ruido insoportable. Priiii priiii. Juro que intentaba concentrarme, pero se me hacía cada vez más difícil.
- Hicimos lo que pudimos, pero tuvo un paro cardíaco.
Priii priiiii. El ruido se combinaba perfectamente con el monótono tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii que emitía el aparato blanco a la izquierda. Ese pitido indicaba que mi padre había muerto. O por lo menos que su corazón ya estaba dormido. Priiii priiiii.
-Uds entenderán que el golpe fue demasiado severo y el trauma generado...
Trauma. En alemán
Traum es sueño. Quizás los traumas sean, en últimas, una especie de sueños de los que no podemos despertarnos. Tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Miré a mi hermana. Ojos descompuestos. Manos frías y tez pálida. Más pálida de lo normal. Siempre le dijeron que se parecía mucho a mi papá. Eso era cierto. Ahora ambos, ella y el cadáver moreno y fuerte de mi padre, tenían la misma coloración. Algo dentro de ella también había muerto en ese momento. Priiiii priii. El ruido venía de la cabecera de la cama, eso era indiscutible.
-Intentamos revivirlo pero su estado era sumamente inestable, lo siento mucho.
Que no siente nada, doctor. Que solo utiliza la frase como un punto final. Que sé bien que solo está pendiente de las tetas de la enfermera morenita y de sus nalgas que brotan perfectamente de sus muslos contorneados.
- No se preocupe, doctor- anoté.
En realidad no era lo que quería decirle al doctor con cara de bonachón, pero, como todo ser humano, antepongo mi instinto social a mis entrañas asesinas. Priii priiii. Para cuando mi hermana mayor irrumpió en la habitación llorando preguntando qué había pasado, yo tenía perfectamente localizado el foco del ruido, la fuente suprema del tormento sonoro: el ruido venía de mi padre. Creo que nadie se había percatado de eso. Priii priii. El volumen en aumento. El tímpano en vibración perfecta con el compás del pri pri. 2/4. El compás era de 2/4. Pero un compás terriblemente lento. El doctor nos dejó a solas en la habitación mientras miraba (casi descaradamente) el trasero de la enfermera morenita, quien permanecía al pie de la cama.
Por primera vez observé a mi padre que ya no era mi padre.
Tenía canas. No muchas, pero las suficientes para que la edad le brotara del pelo, delatando sus 61 años. Su rostro indígena ahora parecía un poco más imponente. La muerte suele dotar de un aire de sabiduría a sus hijos. Sus brazos yacían serpenteados por las destrozas y no sé qué otras cosas inútiles. Parecían brazos de boxeador. Lucían cansados. Como cuando suena la campana y el atleta baja automáticamente sus extremidades, vencido por la gravedad. Priiiii priiiii. El ruido. Casi lo había olvidado. Quizás mi padre había perdido la batalla. O quizás la campana había sonado antes de tiempo. El punto era que el sonido me estaba volviendo loco. Ya estando más cerca a la cabecera de la cama pude distinguir mejor el pri pri. Era indiscutible, venía de la boca de mi padre.
- ¿Qué haces?
- Nada. Es solo que creo que hay algo aquí adentro.
- Señor, lo mejor es que no haga eso.
Miré a la enfermera que caminaba lentamente hacía mi, su movimiento de caderas intentaba persuadirme que no abriera la boca de mi padre, y mucho menos a la fuerza. Aún no había comenzado el
rigor mortis. Creo haber escuchado el término en el colegio.
Rigor mortis. O quizás en un cuento de Horacio Quiroga. No. Fue en el colegio. Tal vez se lo escuché a mi profesor de biología que siempre tenía un aliento putrefacto, y se rascaba las bolas con una paciencia y una insistencia infinitas. Siempre llevaba una bata blanca bajo la cual no solo lucía ridículo, sino que también ocultaba la vergüenza de nunca haberle declarado su amor a la profe de sociales.
Rigor mortis. Igual siempre me pareció un término elegante. El latín siempre le da más autoridad a las frases aunque estas sean una porquería. Priii priiii.
- Oye, ¿qué estás haciendo?
Mi hermana. Mis uñas entre los labios fríos. Estaba en una encrucijada. La enfermera a 3 metros míos. Yo era un profanador de tumbas. Era un sacrílego. Un pagano. Un nigromante consultando las entrañas de los muertos para conjurar los demonios siempre acechantes. No podía explicarle a mi hermana que adentro de la boca de mi padre había algo que sentía en mis oídos. 2 metros y medio. Tampoco podía dar marcha atrás: ya mis dedos rozaban los dientes secos y empujaban lentamente el maxilar inferior de mi padre hacia abajo. No había resistencia. La carne, el hueso, los tendones, el trigémino, todos cedían suavemente a mi voluntad. 2 metros. Priii priiii.
- Tir, que mierda estás haciendo! Gritó mi hermana mayor.
No podía contestar. Ya el cofre bucal paterno se abría ante mis ojos. La enfermera seguía acercándose.
- Señor, le voy a tener que pedir que no haga eso.
La miré nuevamente únicamente para comprobar que estaba a sólo metro y medio mío. Sentí las paticas deslizarse entre mis dedos y por un momento tuve la sensación que me abrazaban. Priii priiiiii. De repente mis hermanas, la enfermera voluptuosa, y el médico que irrumpía nuevamente en la habitación atraído, sin duda, por el escándalo de mi hermana mayor, se transformaron en enemigos del grillo que sostenía en mi mano. Priiii priiii. Todos avanzaban hacía mi mientras la enfermera tocaba mi hombro y yo cerraba mi puño, por supuesto, con mi tesoro adentro.
- Señor, tranquilo, sé lo que se siente. Pero créame, esto no ayuda en nada. Solo aléjese de la cama. Y si lo que tiene en la mano es un aparato del hospital, le pido el favor que lo devuelva.
Mis dos hermanas habían dejado de llorar y ahora me ajusticiaban con sus ojos. El grillo empezaba a mascar la piel de mis dedos. No había dolor, de hecho, lo disfrutaba. Priiii priiiii. Nunca supe explicarme como podía emitir ese ruido estando con su boca ocupada desgarrándome la carne.
- Señor, deme lo que tiene en la mano, por favor.
En un segundo entendí lo que tenía que hacer. El cuerpo despampanante de esta enfermera africana hija de las formas femeninas perfectas, estaba justo a mi lado. Pero ahora descubría en su mirada un destello maternal. Intenté balbucear una cosa pero solo me salió algo ininteligible. Yo...mmeteng..voy...eeeee. Entendí lo que debía hacer. En ese momento era una cuestión de vida o muerte, aunque no pudiese explicar porqué. Tomé mi pequeño insecto y me lo llevé a la boca en un solo movimiento. El grito. Cuando el misterio es grande cualquier reacción parece estúpida, por eso nuestro doctor, la chica de blanco y mis hermanas quedaron estáticos. El grillo empezó a devorar mi lengua lentamente. Dulce. Intenté tragarlo. Imposible. Sus patas se incrustaron entre mis dientes.
Miré a mi padre nuevamente. Boca abierta. Dulce. Dientes. Brazos de boxeador a los costados. Dulce. Un leve sabor a algodón de azúcar se mezclaba con mi saliva. Aparté a la enfermera de un golpe, aparte a mi hermana de un golpe, aparté los recuerdos de un golpe, aparté el dolor de un golpe, aparté la muerte de un golpe. Corrí por el pasillo de la unidad de cuidados intensivos hacia la salida. Lo sólido del insecto era cada vez más líquido. Todo lo desagradable del grillo en mis mucosas y sus extremidades entre mi lengua y paladar, era ahora siniestramente exquisito. La imagen de mi padre ya no importaba. Ni siquiera mi madre, que esperaba a las puertas del hospital, era ahora relevante. Toda la morfología de este animal y su hemolinfa ahora hechos azúcar. Correr por correr. En esos momentos quise que en esta ciudad hubiese un subterráneo. Penetrar en la tierra. Caramelo. Salí del edificio blanco. Atravesé la placita en frente de la droguería. Salté los muros y aterricé en plena calle. Priii priiii. El sonido ahora retumbaba en mi cabeza. Recordé que los grillos no emiten el sonido de su boca sino con sus patas. National Geographic Channel. Confites y chocolate. Pero ahora este sonido era delicioso.
Me deslicé entre las luces del semáforo en verde y esquivando los carros y el caos propio de una autopista en Barranquilla un viernes a las 6 de la tarde. Priii priii. Almíbar de durazno. Las luces del Renault me quemaron la frente. Y el pitido monótono del aparato blanco del hospital me sorprendió en medio del asfalto, pero esta vez con una intensidad que denotaba lo inevitable; mientras el grillo, ahora mío, se empezaba a disolver suavemente en mi garganta.